Salmo 84:1-2

“¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo.”

El templo judío era imponente, pero todavía estaba por venir y las cubiertas exteriores del tabernáculo difícilmente podrían describirse como hermosas. Lo que encendía el corazón del salmista estaba en su interior: el lugar donde Dios y el ser humano podían encontrarse.

El hambre del alma por el Señor no puede ser satisfecha con nada que no sea Su presencia. La palabra hebrea que se traduce como “desfallece” expresa un anhelo tan intenso que consume por completo a la persona. Es un deseo tan profundo que incluso puede hacer que alguien palidezca.

Así de profundo y apasionado era el anhelo de David. Si estar en los atrios de Jehová significaba convertirse en un simple servidor de la corte, lo habría hecho con tal de permanecer allí, cerca de Dios.

David dijo que su carne clamaba por el Dios vivo. Pero no estaba usando “carne” en el sentido en que lo hace el apóstol Pablo, refiriéndose a nuestra naturaleza pecaminosa, en la cual no habita nada bueno. Lo que el “dulce cantor de Israel” estaba expresando abarcaba todo su ser: “Mi alma, mi corazón y mi carne”.

Todo su ser (cuerpo, alma y espíritu) estaba tan profundamente conmovido que el único modo de expresarlo era mediante un clamor que brotaba desde lo más profundo de su interior.

Hay personas que necesitan ser presionadas o convencidas para entrar a una iglesia, y una vez dentro simplemente cumplen con los rituales de la religión. A diferencia de David, Dios no es el objeto de su deseo ni de su adoración.

“Mi corazón y mi carne claman al Dios vivo”.

Eso es adoración.
Y ese es el privilegio de todo verdadero hijo de Dios.

En espera de Su regreso,

– Pastor Jack

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