Salmo 127:1

“Si el SEÑOR no construye la casa, de nada sirve que los constructores se esfuercen en hacerla.”

Desde que Dios se reveló al ser humano, ambos han buscado un lugar donde encontrarse. Al principio, Adán disfrutaba de la comunión con Dios bajo los árboles del jardín. Cuando Dios sacó a Israel de Egipto, le dio a Moisés las instrucciones para construir el tabernáculo de reunión. Allí Dios se encontraba con su pueblo en aquella morada temporal, hasta que se construyó un templo para Él en Silo. Más adelante, cuando el rey David quiso construir una casa para el Señor en Jerusalén, fue su hijo Salomón quien estuvo a cargo de la construcción del templo.

¿Necesitaba Dios de esas moradas terrenales? Por supuesto que no. Entonces, ¿por qué las mandó construir? Porque Dios desea que su pueblo se reúna para adorarlo en un lugar dedicado a Él, aunque ese lugar tenga que ser bajo la sombra de un árbol o bajo un cielo lleno de estrellas.

Los lugares de adoración pueden ser diferentes en su estructura o ubicación, pero hay algo que nunca cambia: la manera en que Dios construye.

“Señor nuestro Dios, toda esta riqueza que hemos preparado para construir un templo en honor de tu santo nombre viene de ti y es tuya” (1 Crónicas 29:16).

La realidad de nuestra situación es casi cómica. Es como un padre que se compra un regalo, lo envuelve, escribe su propio nombre en la tarjeta y luego se lo entrega a su hijo para que el niño, orgulloso, pueda devolvérselo.

Como creyentes, debemos reconocer que en todos nuestros planes, en todo lo que construimos y aun en nuestra adoración, no podemos hacer nada sin Él.

En espera de Su regreso,

– Pastor Jack

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