Juan 7:37-38

El último día del festival, el más importante, Jesús se puso de pie y gritó a la multitud: «¡Todo el que tenga sed puede venir a mí!  ¡Todo el que crea en mí puede venir y beber! Pues las Escrituras declaran: “De su corazón, brotarán ríos de agua viva”

Los historiadores judíos relatan que durante siete días, cuando el sacerdote sacaba recipientes de oro llenos de agua del arroyo que corría bajo el Monte del Templo, quienes celebraban la Fiesta de los Tabernáculos respondían con gran júbilo. “Tan desbordante”, decía Josefo, “era la alegría con la que se realizaba esta ceremonia, acompañada por el sonido de trompetas, que se decía: ‘¡Quien no la hubiera presenciado, jamás había visto verdadera alegría!’ Después de llevar el agua al templo, el sacerdote la derramaba solemnemente sobre el altar, mientras el pueblo cantaba Isaías 12:3: “Con gozo sacaréis aguas de las fuentes de la salvación”.

Esa escena estaba muy presente en la mente de los adoradores en el octavo día, el gran día de la fiesta, cuando ya no debía derramarse agua. La ceremonia de derramar el agua simbolizaba la futura promesa del derramamiento del Espíritu de Dios, y aquí Jesús declaró ser el cumplimiento de esa promesa: “Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba. El que cree en Mí… de su interior correrán ríos de agua viva”.

Dos grandes verdades surgen del anuncio de Jesús: Él es la fuente de las aguas espirituales y es generoso al darlas. Jesús promete un refrescamiento continuo a todo aquel que venga a Él y beba.

¿Te sientes espiritualmente seco? Ninguna ceremonia ni ritual religioso puede satisfacerte; solo Jesús puede hacerlo. Bebe profundamente del agua pura de Su Palabra; permite que Sus pensamientos y deseos renueven y refresquen tu corazón, y habrá un desbordamiento gozoso del Espíritu Santo hacia ti y a través de ti hacia un mundo sediento.

En espera de Su regreso,

– Pastor Jack

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