Hebreos 12:1

“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante.”

¡Corredores animados por una gran multitud mientras avanzan hacia la meta! Qué imagen tan poderosa de nuestra vida cristiana. Pero como en toda carrera, terminar bien depende de correr lo más ligero posible.

En el momento en que vinimos a Cristo, Él comenzó a liberarnos de los pecados más pesados que nos aplastaban o nos hacían tropezar. Esas cosas ya no son un problema en nuestra vida. Pero ¿qué hay de los pecados a los que ya nos acostumbramos? ¿No es cierto que aquello con lo que tropezamos suele ser lo pequeño, lo que dejamos tirado por ahí sin darle importancia?

De la misma manera, los pecados que creemos menores, y que por eso pasamos por alto, son justamente los que más nos estorban espiritualmente. La pereza, un espíritu criticón, el chisme, las miradas de deseo, las palabras duras dichas en el calor del momento, los celos mezquinos, y así. El pecado es pecado. Lo que justificamos es tan grave como la más flagrante de las transgresiones. Jesús murió en la cruz por cada pecado; nada debería ser “menor” a nuestros ojos.

¿Cómo vas en la carrera que Dios ha puesto delante de ti? ¿Has dejado que el pecado se quede, sin pensarlo, porque crees que nadie lo ve? Si es así, el Dios que murió es el mismo Dios que ve. Pero gracias a Él, también es el mismo Dios que promete limpiar y perdonar cuando venimos a Él en arrepentimiento.

En espera de Su regreso,

– Pastor Jack

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