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Cantares 8:6-7

“Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo; Porque fuerte es como la muerte el amor; Duros como el Seol los celos; Sus brasas, brasas de fuego, fuerte llama. Las muchas aguas no podrán apagar el amor, Ni lo ahogarán los ríos. Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, De cierto lo menospreciarían.”

La lucha es un enfrentamiento intenso, cara a cara y cuerpo a cuerpo, en el que una persona ejerce fuerza y poder contra otra. Esa imagen nos ayuda a entender la intensidad de las luchas espirituales de cada creyente. Nos guste o no, las batallas que tú y yo enfrentamos son cercanas y personales, y desarrollar una estrategia es esencial.

El apóstol Pablo dijo que no ignoraba las maquinaciones de Satanás, y nosotros tampoco deberíamos hacerlo. Debemos educarnos acerca de sus tácticas generales y, más importante aún, de aquellas específicas que ha diseñado para nosotros. Por favor, no caigas en la creencia engañosa de que Satanás no está interesado en ti solo porque no sientes su influencia. Satanás rara vez ataca abiertamente. Es sutil. Le gustaría que creyeras que tu oponente es alguien distinto de él mismo: un cónyuge, un hijo o un supervisor en el trabajo. Pero piénsalo de nuevo. Detrás de esos conflictos hay fuerzas espirituales que avivan el fuego.

Los luchadores antiguos se ungían el cuerpo con aceite para evitar que sus oponentes consiguieran cualquier tipo de agarre. Me gusta esta estrategia. Efesios 4:27 ordena: “no den lugar al diablo”. Esto se aplica a cualquier pecado, incluidos aquellos que surgen en medio del calor de una discusión. Esos puntos de apoyo deben tratarse en cuanto aparecen. No los alimentes, no los consientas: ¡enfréntalos!

Decide ungir tu mente y revestir tu corazón con pasajes específicos de la Escritura pertinentes a la situación. Al hacerlo, te volverás ágil y, me atrevo a decir, escurridizo. Entonces tu adversario podrá maniobrar todo lo que quiera, pero no le habrás dado ningún lugar de donde agarrarte y derribarte. ¡Y eso es una victoria!

Amor: puedes ser rico y aun así no adquirirlo. Puedes ser hermoso y nunca experimentarlo. Todos tus logros y esfuerzos no pueden garantizar que sentirás su toque. Sin embargo, la mayor necesidad del corazón humano no es inalcanzable. En el momento en que dices sí a Jesucristo como Señor y Salvador, Él pone sobre ti el sello del Espíritu Santo—Su garantía de que Él es tuyo y tú eres Suyo para siempre. ¡Y qué amor tan extraordinario es!

Los enamorados se tatúan los nombres el uno del otro para profesar su devoción, pero Jesús entregó Sus manos para ser traspasadas por ti. “Mira que en las palmas de Mis manos te tengo grabado” (Isaías 49:16). En la cruz del Calvario, Jesús abrió el camino para que experimentes un amor que va más allá de la pasión o la imaginación humana. El fuego no puede apagarlo, ni la inundación de las circunstancias arrasarlo (Romanos 8:38-39).

¿Recuerdas cómo respondiste por primera vez al amor de Cristo? Fue un amor comprometido, intenso y, sobre todo, apasionado y sin reservas. Pero uno de los peligros del amor es que puedes descuidarlo fácilmente. Quizás has sido objeto de Su afecto durante muchos años, pero tu afecto se ha enfriado porque lo has reemplazado con otros amores. Creyente, Dios está celoso por ti, hazlo tu primer amor.

La cruz es el lugar donde el Amor perfecto se encontró con tu necesidad más profunda. Vuelve a considerar el sacrificio de Cristo por ti, reflexiona en su profundidad, deléitate en él y aviva una vez más las llamas de tu amor.

Esperando Su regreso,

– Pastor Jack

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